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16 de febrero de 2017

Ricardo Torres Correa. Los días perdidos

Lecturas compartidas
Ricardo Torres y sus días perdidos


Leo los poemas de Ricardo Torres

Algunos tienen pinta de poetas, otros la tienen y lo son. Es el caso de Ricardo Torres, escritor silencioso que acaba de publicar su primer libro, “Los días perdidos”, “prosas poéticas” subtítulo, a mi parecer, redundante. Torres es de Ibagué, del 73. Lo leí dos veces, en la antesala de Avianca, en aplazamientos que duraron un día completo. Agradezco de entrada el acompañamiento. Más grato repetir poesía que improperios. No lo leí con rabia ante la agonía de esos espacios repletos de gente ofuscada, campos de batalla y lágrimas. Claro, me miraban como bicho raro, clavado en el interior de la portada con paisaje ibaguereño, calle de árboles y un extraño personaje caminando hacia el fondo.


El poeta, en su dedicatoria personal, entre otras cosas, me dice: “… estas palabras viajan a sus manos con el deseo de que no naufraguen en el camino”. En la segunda lectura empecé a hacer notas en las inmaculadas páginas en blanco. Me di cuenta que los textos navegaban en mi agudo criterio para con la poesía. Comparto algunas de las apreciaciones que dejé plasmadas en el envés de los poemas.
Retoma el ritmo de una imagen, historia, remembranza, recuperando la narrativa que tanto elude la “poesía” de hoy. (…) Naturaleza, pájaros y desolación, transitan en estos poemas que parecen congelados en un lenguaje sugerido. (…) Sentimientos reposados en claroscuros imposibles, cuartos y casas deshabitadas. Cotidianidad que la palabra devela en el justo momento de la evocación, de la figura no leída o vuelta a leer en poemas y canciones impredecibles. Puertas, pasadizos que el lector transita sin tocar la madera, canto de aves, siempre sedientas.
Cigarros muertos con picos de alquitrán y ceniza, el humo ha partido ya y el poema sigue encendido.
Los árboles crecen como los laberintos de Ricardo, en el llamado lastimero, existencial, del poeta. No está tirado en la hierba como Whitman sino en las ramas, como Calvino. Los árboles —dicen— mueren de pie, los de R. Torres, viejos, agobiados, siguen ahí, sin futuro.
Nos queda el saber de un lenguaje que denota, un pájaro que emigró, un amor que no fue, un paisaje de calles sin Borges ni Poe, una canción en el fondo del bar, sin Pessoa, quizá un saxo, atrás, escondido, Julio, el Cronopio Mayor. Poesía de lo urbano sin el advenedizo Mario B, con el palpitar de Costantino.
Cadáveres asordinados, lenguas envenenadas para la palabra no dicha. Transeúntes que evocan a Juanmanuel R., en las cartas a buzones del viento.
Poesía hermosamente derrotada. Días perdidos, lienzos despedazados en las figuras abstractas de amantes que se diluyeron en los manchones de las paredes.
Poesía para los solitarios. Poesía que sigue navegando sobre turbulencias.


Jorge Eliécer Pardo. 2017

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